El permitir que los niños trabajen...
Los niños, en su mayor parte, están bastante dispuestos a trabajar. A un niño de dos, tres o cuatro años se le encuentra ordinariamente persiguiendo a su padre o a su madre intentando ayudar, ya sea con herramientas o con trapos para limpiar el polvo; el padre amable, al que realmente le gustan los niños, responde de la manera razonable y normal de antaño, al ser lo suficientemente paciente como para dejar que el niño colabore de verdad. Un niño al que se le permite hacer esto, desarrolla, a continuación, la idea de que su presencia y su actividad son deseadas y así con mucha tranquilidad inicia una carrera de logros.
El niño al que se le ha forzado o empujado para que haga alguna carrera, pero al que no se le permitió colaborar en sus primeros años estará convencido de que no se le necesita, de que el mundo no tiene un lugar para él. Y después se enfrentará con dificultades muy particulares respecto al trabajo. Sin embargo, en esta sociedad moderna, al niño que a los tres o cuatro años quiere trabajar se le desanima y de hecho se le impide que trabaje y una vez que se le ha mantenido ocioso hasta los siete, ocho o nueve años, de repente se le carga con ciertas tareas.
Ahora bien, este niño ya está educado en el hecho de que no debe trabajar y, por lo tanto, la idea de trabajar está en una esfera a la que el ya "sabe que no pertenece’’, y como consecuencia siempre se sentirá incómodo al desarrollar distintas actividades.
Al llegar luego a la adolescencia, se le impide activamente que consiga la clase de trabajo que le permitiría comprar su ropa y pagar los regalos para sus amigos que el siente que se le exigen. De esta forma él empieza a sentir que no es parte de la sociedad. Al no ser parte de la sociedad, está entonces en contra de la sociedad y no desea más que actividades destructivas .
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